El ejemplo de los muertos

Dice Ramón Lobo, un experto corresponsal del diario El País, que en tiempos de crisis en que los medios tratan de hacer más por menos, en que, ERE que ERE, la profesionalidad de los medios de comunicación se ve diezmada por veterana, abundante o simplemente cara, los periodistas hemos de buscar ejemplo en los muertos, si es preciso.

Aún recuerdo su crónica en directo después de que Colin Powell presentara en el Consejo de Seguridad unas supuestas pruebas de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak encerradas en un tubito. Todos los medios de comunicación, norteamericanos y europeos, creyeron la versión del secretario de Estado. Todos, menos Ricardo, que trabajaba para una cadena de televisión llamada Antena 3, devota del Gobierno conservador de José María Aznar. Con esa rotundidad que le caracterizaba en las entradillas, dijo: “Para creer en lo que ha dicho hoy Colin Powell hay que partir de tres axiomas: la CIA nunca miente, nunca se equivoca y los inspectores de Naciones Unidas son unos incapaces”. En la redacción hubo aplausos y vítores; en los despachos de sus jefes, una llamada de La Moncloa.

En La Vanguardia, Rafael Poch reflejaba hace cinco años los últimos momentos y toda una vida de Ortega:

Gracias a los periodistas muertos, el público puede irse enterando de lo que es en realidad ésta profesión, en nuestra democrática y transparente sociedad. Un mundo de censura, autocensura, clientelismo y precariedad laboral. Un medio ambiente mediocre y corrupto, como el de la época de Brezhnev en la URSS. Un universo en el que ascienden los disciplinados y conformistas, con poco margen para el espíritu crítico que surge de la honestidad y de la elemental sensibilidad ante la injusticia.

Ricardo Ortega murió trabajando, en Haití, hace cinco años, tras haber sido marginado en su televisión por su veraz cobertura de la guerra de Irak y directos como el que reseña Lobo. De repente, le salieron muchos padres. Cinco año después, le quedan pocos hijos.